17 marzo 2016

MdT2: Incluso el propio tiempo (VII)

Barcelona, 1 de junio de 1956
   - ¡Extra, extra! ¡Pescan un cadáver en el puerto de Barcelona! ¡La policía cree que era un marinero! ¡Extra!
   Amelia desvió la mirada, involuntariamente, cuando el repartidor de periódicos pasó junto a su mesa en el Bar Zurich. La posó en el cartel que tenía su izquierda, en la calle Pelayo, que anunciaba la Academia de Idiomas Berlitz. Había bullicio en la calle, y realmente nadie se fijaba en ellos. Ernesto compró un ejemplar de aquella edición de La Vanguardia y pareció satisfecho:
   - Encaja con la copia que tenemos en el Ministerio. Tiene que dejar de parecer culpable, Amelia. Usted no ha hecho nada.
   - Tirar un... fardo al mar -se corrigió en el último momento-, ¿le parece poco?
   - Sólo hemos cumplido con lo que estaba escrito que había de suceder. En este Ministerio les pueden llegar a tocar misiones mucho más desagradables.
   - Pero si es la Historia, tiene que hacerse -remató Alonso, dándole la razón y apurando de un trago su vaso de vino. Ya se sentía mejor, pero si no hubiera sido por aquella curandera china, a estas horas se habría reunido ya con sus antepasados y con el Señor.
   La terraza del Zurich estaba llena incluso a aquellas horas matinales de un viernes. Había transportistas que paraban a hacer un café y señores bien vestidos, no muy diferentes de don Enrique Gaspar, que se desayunaban a placer.
   - Ya lo supongo -dictaminó don Enrique-: las Españas no han parado de regarse con sangre desde... bueno, desde tiempos de los romanos, por lo menos. Pero la aprensión de la señorita no deja de ser comprensible.
   - Si tiene que pasar... -insistió Entrerríos.
   - No tenía que pasar -repitió Amelia bajando aún más la voz, por cuarta vez desde que se habían dirigido al puerto, cargando con el cadáver aún tibio del conductor de tranvías-. Hemos asumido por válida esta historia en la que tres hombres mueren, porque tratar de corregirlo podría complicar aún más las cosas. Eso lo acepto, aunque no me gusta, lo acepto. Pero hay que empezar recordando que ni Paco Alvarado ni Ramón Olide debían morir, y alguien los ha envenenado, y que a Jaime Serra le quedan menos de 12 horas antes de que le pase algo parecido. Si está cambiando la Historia es que viaja en el tiempo.
   - Es cierto, pero han avanzado mucho para lograr la identificación del asesino. Usa un veneno de una planta alucinógena china, y por la descripcion de su atuendo emplumado y su máscara, podría ser un traje ritual tian-gou -Ernesto aclaró-: no es que sea un experto, antes de dormir estuve consultando internet. Los tian-gou chinos eran unos perros negros monstruosos que venían del cielo a robar niños, aunque también podía refererirse al paso de un cometa: había unos sacerdotes que se encargaban de espantarlos o atraerlos con unos ritos especiales. En cualquier caso, acabaron evolucionando en los tengu japoneses hacia el siglo XIII de nuestra era: aquí ya eran hombres-pájaro. Y justo antes de que la leyenda pasara de China a Japón, los sacerdotes chinos empezaron a adoptar el atuendo de los pájaros para sus ceremonias. Así que creo que podemos centrar nuestra búsqueda a un ciudadano chino, masculino, de entre 1150 y 1200.
   - Justo antes de la expansión de los mongoles -valoró Amelia.
   - ¿Y qué relación tenía España con China en aquella época para que vengan aquí a asesinarnos a traición? -pregunto Alonso, aún algo resentido por haber caído bajo los efectos del veneno.
   Esta vez fue don Enrique quien contestó:
   - No demasiada. Marco Polo no se presentó ante Kublai Khan hasta 1270, aproximadamente. Antes que eso había algún misionero ocasional, y existía la Ruta de la Seda, claro, que estaba en manos del Califato:  la participación castellana y aragonesa allí era escasa.
   - Por eso acabamos buscando la ruta alternativa hacia las Indias -resumió Alonso- y Colón descubrió el Nuevo Mundo.
   - Eso de que lo descubrió... -dijo Ernesto.
   - Mirad -respondió Alonso ligeramente ofendido-, entiendo que no estoy demasiado ducho en Historia, pero al menos sé que Colón descubrió América.
   - Excepto que allí ya había gente -dijo don Enrique-, que la había descubierto antes.
   Amelia intentó rebajar la discusión:
   - Cuando estuve hablando en la Biblioteca con Jaime, me explicó que el tema del "descubrimiento" y la búsqueda de las raíces de los pueblos nativos es parte de la poesía mexicana que...
   Se quedó callada. Una vez más, algo hizo conexión dentro de la mente de Amelia. Sí, Alonso le había vuelto a despertar la idea que ya había tenido la noche anterior, pero que no acababa de encajar del todo. Y Jaime Serra tenía la culpa:
   - ¿Sabemos el nombre completo de Jaime Serra? -preguntó Amelia de pronto.
   - ¿No consta en el informe? -repreguntó Ernesto.
   - No consta.
   - Es muy posible que los datos se perdieran durante la guerra. Esta es una época mala para el Ministerio: con Franco en el poder, pasamos a depender de nuestros propios recursos. El subsecretario don Javier Guzmán de Haro prefirió no revelarle su existencia. Conseguimos trampear el tema económico, pero especialmente durante los primeros años de la postguerra perdimos mucho acceso a la documentación oficial.
   - Tengo que ir a hablar con él al Ateneo, antes de que lo maten -Amelia Folch se levantó de la mesa-. ¿Me acompañas, Alonso? Ustedes pueden ir a ver a su mujer, quizás consigan la información.
   - Yo me vuelvo a Madrid -dijo Ernesto-. Aquí puedo hacer poco, y tengo varias misiones que coordinar en este momento: sin Irene... -iba a añadir algo más, pero las palabras se le atragantaron. Endureció el rostro, se puso dignamente la gorra de marino, se levantó y se despidió con aire marcial-. Manténgannos informados de cualquier novedad, y tengan cuidado. Ya casi le tenemos.
   - Pagaré e iré a ver a la mujer de Serra -dijo don Enrique.
   - Coja el tren de humo, aquí al lado -le dijo Amelia señalando el acceso a la estación de los ferrocarriles-. Le dejará cerca de su casa.
   - Sí, veo que hay cosas que no han cambiado.
   Amelia y Alonso se dirigieron hacia la Rambla, Ernesto se marchó para volver a cruzar la puerta del tiempo, y don Enrique había abonado la cuenta, cuando un caballero le interpeló.
   - ¿Profesor Rimbau? ¡Qué casualidad!
   - Vaya, pero si es el excelentísimo juez Perucho.
   - Y señora -dijo el otro dignamente antes de presentarle a su esposa con una sonrisa-: María Luisa Cortés, el profesor don Enrique Rimbau -el otro le estrechó la mano. Ella llevaba un vestido azul y un pañuelo blanco en la cabeza. Era una cabeza más baja que su esposo, y en su mirada brillaba una perspicacia y una curiosidad que podían abarcarlo todo.
   - ¡Juan me habló de usted! ¿Estaba buscando un pájaro raro por Tarragona, verdad?
   - Sí, la aurea picuda. Pero aún no ha habido suerte. ¿Qué les trae por Barcelona?
   - Lo he secuestrado -dijo ella, divertida.
   - Es la verdad -admitió él, desarmado-. No, lo cierto es que en dos días nos vamos de viaje a París, y teníamos que arreglar papeles.
   Ella miró por encima del hombro, hacia la plaza:
   - Cada vez que paso por aquí, me acuerdo de mi padre. Murió ahí mismo, hace 18 años, en un bombardeo. Salía de trabajar...
   - ¿Estás bien, Birín? -le preguntó Perucho al verla introspectiva. Ella le apretó la mano, cariñosa..
   - Aún le noto en el aire... -murmuró, aún introspectiva, antes de tratar de sonreír-. Vamos a buscar a los pequeños, están con mi madre. Véngase a comer con nosotros, profesor.
   - Insisto -añadió Perucho al ver las dudas que se pintaban en el rostro del otro-. En Gandesa me quedé con ganas de hablar con usted sobre... aquello.
   - ¿Tiene idea de lo que pudo ocurrir? -don Enrique había estado tramando una excusa, pero Juan Perucho había tenido un par de meses para pensar en el asesinato de Paco Alvarado, que para ellos había pasado aquella misma semana. Era un hombre inteligente, y tal vez había llegado a conclusiones que pudieran aplicarse a su misión.
   - Le he intrigado. Ahora tiene que venir.
   - Con mucho gusto.
* * * * * *
   Amelia disfrutaba con el olor de los libros, y la Biblioteca del Ateneo estaba bien surtida. Jaime Serra les hablaba mientras ordenaba una remesa de viejos tomos polvorientos de mediados del XIX, donada en su testamento por un mecenas de la Bonanova.
   - ¿Qué les vuelve a traer por aquí? -dijo él en la típica voz baja de bibliotecario.
   - La curiosidad y la poesía.
   - ¡Ah, se quedó con ganas de leer a los poetas mexicanos!
   - Mucho -dijo Amelia, paseando entre los volúmenes. "Vas a morir hoy. Pon en orden tus asuntos", quería decirle, pero no se atrevía-. Pero mencionó usted a unos cuantos, y no sé por cuál debería comenzar.
   - En poesía no hay autores correctos, todo está en encontrar los versos que resuenen con uno mismo.
   - Eso es muy bonito. ¿Es usted poeta, también?
   - No, mi madre lo era. Pero ni aquí ni allí tenía mucho futuro. Mujer... -bajó aún más la voz- y mestiza -se encogió de hombros, resumiendo en aquel gesto todas las dificultades que habían provocado en la vida de aquella poetisa la confluencia de ambas circunstancias vitales. Sin duda, también habían alimentado sus versos.
   - ¿No llegó a publicar nada?
   - Sólo un pequeño volumen, pero no lo encontrará aquí. Lo tengo en casa: lo hice editar yo mismo, y apenas hay una docena de ejemplares: "Tiniebla de Michoacán", por Eugenia Cortés Xolotl...
   - Me encantaría leerlo, si puede traerlo uno de estos días... -Amelia lanzó una mirada a Alonso. Él también se había dado cuenta al oír el nombre de la poetisa: ahora todo cuadraba. El asesino no era chino. Alvarado, Olide, y Cortés: estaba acabando con los descendientes de los conquistadores de México. 

Teotihuacán, 28 de mayo de 1898
   La ascensión resultó más penosa de lo que esperaba. Era la tercera pirámide a la que ascendía aquel día, y le faltaba el aliento desde la primera, pero no podía pasar por aquel sitio sin hacer una visita semejante. Julián Martínez era un fugitivo y, ahora también, un desertor. Huía de Cuba, de aquella guerra doblemente perdida, pero sobre todo huía de su futuro: tenía pensado atravesar México para poner la máxima distancia posible con el conflicto y con los posibles agentes del Ministerio que le vinieran detrás. La llamada de Salvador le había dejado con muchas preguntas, pero en algo había sido claro: sabían donde estaba y no podía esperar más ayuda por parte de él. No tenía miedo de que le pudieran rastrear por el teléfono, hacía días que se había quedado sin batería y ahora sólo era un trasto inútil que llevaba en su equipaje.
   - Y esta es la princesa Yetaxa -dijo Gabriel, el guía al que había contratado para la visita-. Cuenta la leyenda que cuando se acercaban los últimos días del emperador, la difunta Yetaxa volvió del Más Allá en dos ocasiones, y que se apareció en dos pirámides con pocos meses de diferencia para advertir de la llegada de los Conquistadores.
   Julián había visto ya unas cuantas pinturas murales representando dioses, guerreros y monstruos, así que apenas lanzó una mirada rápida a la tal Yetaxa. Poco caso le hicieron a sus profecías...
   - ¡Me cago en todo! -exclamó entonces, volviendo a girarse hacia la pintura para mirarla con más detenimiento. Vestida con una túnica vaporosa, tocada con plumas de colores y flanqueada por dos sacerdotes feroces que empuñaban cuchillos de obsidiana, se encontraba Yetaxa la Retornada, en lo alto de la pirámide. Los rasgos eran diferentes a los del resto de figuras de aquella imagen. El artista se había tomado su tiempo para representar el rostro de la noble que había regresado de los muertos, y el detalle la convertía en un personaje menos genérico que el resto. Más reconocible.
   Muy reconocible, de hecho, para Julián:
   - ¡Es Amelia!
(CONTINUARÁ...)
  

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