09 junio 2015

MdT: Un acto de Locura (IX) - Epílogo


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“El sentimiento más terrible, es el de tener la esperanza muerta“
Federico García Lorca
  
   (Hospital General de Madrid, 4 de Mayo de 1808)
  
   - Gracias por cuidar de León -se despidió Goya, ayudando a su maltrecho discípulo a subir al carruaje-. Este jovencito tiene que aprender a meterse en menos líos... 
   - En realidad, fue él quien me protegió en la calle mientras yo curaba gente -admitió Julián-. Y usted, a mi hermana. Gracias a ustedes.
   El pintor, por toda respuesta, le entregó una especie de carpeta rígida, con una sonrisa misteriosa. Julián examinó el dibujo que había en el interior: era su favorito, “El sueño de la razón produce monstruos“. Después leyó el mensaje que había al dorso y se quedó sin habla.
   “Mis sombras no tendrán descanso; pero ella sí. Descansará en paz“.
   - ¿Estará bien?
   Julián asintió, preguntándose cuánto sabría aquel hombre en realidad. Cuánta cordura habría en esa clarividencia que muchos tomaban por desvaríos. Pero no podía decírselo: se limitó a estrechar la mano del maestro y del discípulo, deseándoles lo mejor. La patrulla se despidió de ellos y contempló su marcha, preguntándose si volverían a verse alguna vez.
   - Los franceses no encontraron mi revólver -Amelia estaba asombrada-. Registraron la casa, pero no a fondo, ni con violencia. No sé cómo lo consiguió Goya. Nunca vi una exhibición de diplomacia y mano izquierda como la suya...
   - Tú misma lo dijiste -replicó Julián, pensativo-. Se ha pasado la vida toreando las intrigas de la Corte y de la Inquisición. Sabe nadar y guardar la ropa.
   - Por lo que decís, debe ser el loco más cuerdo de la Historia -resumió Alonso-. Me habría gustado tratar más con él.
  
   El alta hospitalaria del prisionero estaba resuelta y el carro preparado. El funcionario Carrasco subió al pescante y se dispuso a partir: el Ministerio le había enviado al recibir la llamada de Julián. Resultaba extraño pensarlo: Carrasco aún no les conocía, pero ellos a él sí. Al fin y al cabo, aún estaban en Mayo de 1808, justo antes de la verdadera guerra (y de su primera misión). Curiosidades de los viajes en el tiempo.
   - ¿Por qué no me vinieron a buscar desde el principio?
   - Vive vuesa merced fuera de las murallas -replicó Alonso-. ¿Cómo ibamos a salir de la ciudad de noche, con un herido de bala, sin que nos consideraran sospechosos los veinte mil soldados enemigos que velaban a las puertas?
   - Además, teníamos que vigilar a Goya -añadió Amelia-. Por la fecha que era, y porque este espía y sus cómplices acababan de intentar matarle.
   El funcionario local asintió. Tenía su lógica.
   - Bien, me llevo el prisionero al Ministerio. ¿Están seguros de que no quieren acompañarme?
   Los tres agentes se miraron, dubitativos.
   - Debemos atender un último asunto -decidió Amelia-. Mañana por la mañana estaremos de regreso.
   Carrasco se encogió de hombros y se puso en marcha. Mientras el carro se alejaba, Julián sacó el listín y se lo pasó a su superior.
   - Tendremos que calcular bien las puertas -reflexionó-. No quisiera dejar así al enfermero Alonso ni al cirujano Angulo; les hirieron de gravedad por ayudar a la gente. Me gustaría intentar salvar a alguno de los dos.
   - Yo tampoco quiero dejar solo a Mariano -dijo Entrerríos-. Está muy mal. Y en este país no tiene a nadie.
   - A mí me preocupa José Muñiz -Amelia no había tenido ocasión de dar las gracias al amable mozo de la posada. Además, había algo en él que le gustaba, aunque se resistía a admitirlo abiertamente.
   - Tranquila -Julián le guiñó un ojo-. José saldrá de ésta. Le examiné yo mismo.
   - Tal vez no nos haga falta el listín -sonrió ella-: pensándolo bien, el Ministerio debería permitirnos venir de vez en cuando, para asegurarnos de que nadie vuelve a atentar contra Goya, ¿verdad? Durante unos días, al menos. Y ya de paso...
   - Mejor unas semanas -Julián le miró con complicidad-. Hay que asegurarse bien.
   - Totalmente de acuerdo -asintió Alonso, mucho más aliviado-. Por cierto, ¿sabéis por dónde cae la posada en la que trabaja Muñiz? Su jefe Villaamil me debe un orujo: ¡nos lo apostamos despachando westfalianos!
  
   * * * * * * * * * *


   (Oficinas del Ministerio, 2015)
  
   - Esta vez lo tenemos, señor -resumió Alonso, disimulando una ligera resaca-. Un prisionero de la partida que hirió a Amelia en 1834. El mismo que ha intentado matar a Goya en 1793.
   - ¿Ha confesado lo que pretendía en 1834? -inquirió el subsecretario Salvador.
   - Infiltrarse entre los carlistas, para intentar atacar a alguien importante cercano a Zumalacárregui -contestó Julián, con bastante dolor de cabeza-. Aunque no creo que recuerde habérmelo dicho: estaba drogado con pentotal.
   - Bien: es mejor que no sepa cuánta información tenemos -asintió Ernesto-. ¿Por qué atentó contra Goya?
   - Porque ese pintor fue un agitador -contestó Alonso-. Quería silenciarlo, para cambiar las guerras del siglo XIX.
   - Interesante -reflexionó el subsecretario-. Buen trabajo. En el penal del Ministerio le interrogaremos más a fondo.
   - Pero hay algo que no encaja -intervino Amelia-. Goya avivó la rebelión sólo al principio, con sus sátiras contra el poder, en los “Caprichos“. Y con dibujos patrióticos, como el de Agustina de Aragón. Pero después criticó la guerra, más que fomentarla...
    - Dio el chispazo inicial, que es el más importante -supuso Salvador.
   - No sólo eso. Hizo algo más: documentar la guerra -señaló Amelia-. De manera más completa que la propaganda oficial. Sin él, sería difícil descubrir ciertas alteraciones en la Historia.
   - ¿Intentaron matarle para que no detectemos qué cambios están tramando? -dedujo el subsecretario.
   - Hablando de cambios: Leiva intentaba atentar contra Isabel II en 1844, ¿y sus seguidores de 1834 contra el bando contrario? -se extrañó Ernesto-. Eso tampoco encaja.
   - A no ser... -Amelia reflexionó un momento y se quedó sin aliento-... que quieran eliminar a los dos pretendientes al trono. Dejar sin líder a ambos bandos. ¡Adelantar la República!
   Sus interlocutores dudaron unos instantes, sopesando las consecuencias.
   - Eso acortaría las guerras carlistas -reflexionó Salvador-. Y adelantaría la época liberal.
   - Menos guerras. Pero a base de atentados. Si no fuera un plan tan bestia... -Julián cruzó una mirada con su compañera.
   - Sí -asintió Amelia-. Se parecería a alguna de las ideas de Lola.
   - Pero Lola sigue en prisión, ¿verdad? Además, matar no es su estilo...
  
   * * * * * * * * * *
  
   (Huesca, 1053)
  
   En la oscuridad de las mazmorras resultaba difícil saber si era de día o de noche. La falta de referencias a veces distorsionaba incluso la percepción del ritmo del tiempo. Lo que en ocasiones parecían horas, otras veces eran minutos. Lola sólo sabía qué hora era por aquel sonido: las llaves, el chirrido de los goznes y el leve golpe del cuenco de barro sobre el suelo. Abrió los ojos para aprovechar el único minuto de luz de la jornada: la antorcha del carcelero.
   - Déjame adivinar -le espetó burlonamente-: ¿gachas? Felicita al chef de mi parte: no deja de innovar.
   El hombre la miró, perplejo: nunca acababa de entender el habla de sus extraños prisioneros. Pero no le pagaban por conversar. Se encogió de hombros y se dio la vuelta: había notado una presencia imprevista. Alguien más se acercaba por el pasillo.
   - ¿Traéis un preso? -protestó-. Aquí no cabe: están casi todas las celdas llenas.
   - En la otra galería no puede estar. Allí ya hay uno de los suyos; nos han prohibido que estén cerca. Es otro de los de Leiva.
   ¿Leiva? Los sentidos de Lola se pusieron alerta. Aquello podía ser interesante.
   - ¡Pardiez! Sea, pues -el carcelero señaló una dirección, contrariado-. Allí. Es la última.
   Lola vio cómo atravesaba el pasillo, ante su celda, un prisionero que renqueaba visiblemente. El hombre también la vio; al instante, su cojera se acentuó y se derrumbó en el suelo con estrépito. Un pequeño objeto cayó con él.
   - ¿Qué pasa ahora? -gruñeron los guardias-. ¡Arriba, gandul!
   La cojera del hombre no era simulada: realmente le fallaban las rodillas. Los carceleros tuvieron que ayudarle a llegar hasta su celda. Pero no vieron el objeto caído: había atravesado los barrotes de la celda de Lola, y ésta se había encargado del resto.
   Era un teléfono móvil, protegido por una carcasa de goma que había amortiguado la caída. Obviamente, el detenido tenía instrucciones para el caso de ser apresado. La pantalla mostraba un mensaje:
   “Ya no puedo abrir las puertas del Ministerio. Necesito las tuyas. Y tú necesitas salir. ¿Hacemos negocios?“
   Lola tecleó unas instrucciones y sonrió con sarcasmo. Presentía que estaba haciendo un pacto con el diablo, pero eso ya lo resolvería más adelante.
   No sabía que estaba cerrando un círculo: que su próximo viaje la llevaría a Enero de 1793. Al inicio de una historia que para ella todavía no había comenzado; pero que, para el hombre que renqueaba hacia la última celda (y para la patrulla de Amelia), acababa de finalizar. El pez que se muerde la cola. El fin, provocando el principio.
   Pero aunque lo hubiera sabido, a Lola Mendieta no le habría importado demasiado. Su partida de ajedrez ya estaba en marcha: en cuestión de horas, sería libre.
  
   * * * * * * * * * *
  
   (Quinta del Sordo, 1824)
  
   Velázquez y Alonso paseaban entre las inquietantes Pinturas Negras, que cubrían las paredes de la finca. No había rincón en el que poder refugiarse de ellas. Algunas eran amables, como el retrato de un perro y el de la mujer de la casa, Leocadia. Pero otras parecían fantasmas, acechando en cada esquina.
   - Por la noche, debe ser todo un reto -comentó el soldado-. ¿Quién podría querer vivir en una casa así?
   Velázquez le miró con desdén:
   - Este hombre comenzó a pintar bajo las normas del Barroco. Fue precursor de la pintura del Romanticismo y la surrealista. El mundo tardó siglos en evolucionar así, pero él lo hizo en pocas décadas. Ni vos ni los de su tiempo le comprendéis: por eso todos le creen loco. ¡Pero es un genio! Mejorando lo presente, claro.
   Alonso movió la cabeza como quien está ante un caso perdido. Admiraba el talento, pero nunca había visto un hombre tan pagado de sí mismo.

   - Ustedes dos son el vivo retrato de sus padres -observó Goya, señalando a Amelia y Velázquez. Oficialmente, los dos agentes habían tenido que presentarse fingiendo ser “hijos“ de los que él conoció en 1793 en Sevilla: eran las normas. Pero Amelia dudaba que hubieran conseguido engañarle. Desde su conversación acerca de Lola y de la Historia, sabía que Goya les había reconocido como gente de otro tiempo.
   La joven se detuvo al ver una pintura especial: representaba a un anciano sereno, que ignoraba resignadamente a un ser grotesco susurrando en sus oídos.
   - ¿Esto es lo que le sucede a usted? -preguntó a Goya, vocalizando bien para hacerse entender-. ¿Sonidos fantasmales?
   Francisco de Goya dejó el pincel, dio otra bocanada a su cigarro y leyó los labios de la joven. El pintor estaba muy envejecido. No era para menos: ya tenía casi ochenta años.
   - Es lo peor de mi sordera: no oigo nada real, pero sí voces como de ultratumba. Son exasperantes. No hay manera de acallarlas. Eso le destroza los nervios a cualquiera.
   Ella asintió. Tal vez por eso a él le gustaban las Pinturas Negras: le ayudaban a dar forma a los sonidos. A ponerles límites. A dominarlos.
   - ¿Puedo hacerle una pregunta? -intervino Velázquez-. ¿Cómo consiguió que la Inquisición no le juzgara por los “Caprichos“ y “Los Desastres de la Guerra“?
   - No llegué a publicarlos oficialmente. Bueno, los "Caprichos" sí, pero sólo quince días -sonrió con amargura-. Pero distribuir de tapadillo obras censuradas es toda una tradición de este país, ¿no? Circularon clandestinamente. Lo importante es que no se olvide la verdad.
   - La verdad -reflexionó Amelia- ¿Qué es la verdad?    
   “Don Paco“ leyó sus labios, sonrió misteriosamente y buscó algo en un escritorio. Después volvio a trabajar en su óleo: representaba a un monstruo devorando a un niño.
   - Para no gustarle los desmanes, se recrea bastante en ellos -señaló Entrerríos.
   El pintor percibió el gesto de aprensión y soltó una carcajada inquietante. Llena de resentimiento.
   - Sólo aquí, a solas, puedo vomitar todos mis miedos. Y créanme: en esta vida he tenido mucho que tragar. Gobiernos absolutistas, nacionales, extranjeros, Inquisición y sus respectivos espías: todos cometieron injusticias. Y amenazaron a los que nos atrevimos a denunciarlas. Mis compañeros liberales acabaron muertos o exiliados. Y el tiempo me quitó el resto.
   El pintor, entre pinceladas y bocanadas de tabaco, se volvió a Alonso y le señaló el macabro óleo: 
   - Saturno, o Kronos, símbolo del Tiempo. Nos da la vida, la alegría, la salud... nos lo da todo. Como a hijos. Y luego nos lo quita. Pedazo a pedazo.
   Entrerríos le agradeció la explicación con un gesto y ocultó un escalofrío. En aquella mente había demasiados fantasmas, y ése era un tema que el soldado no gustaba de tomar a broma.
   - Usted sabe que una de estas pinturas tiene que ser destruida, ¿verdad? -dijo Amelia dulcemente, señalando en la pared una nueva versión goyesca de “El Grito“ de Munch-. Esta obra no es de usted. Y ya la ha pintado dos veces; una en 1793 para Lola, y otra vez ahora...
   - Sé que no debería haberla vuelto a pintar -respondió Goya, con un gesto de complicidad-. Pero esta vez la hice para usted: para hacerla venir de nuevo. Necesito ver a alguien que no se destruya con el tiempo, aunque sólo sea una última vez.
   Amelia le miró, asombrada. Aquel hombre intuía demasiado bien ciertas cosas. Habría sido un buen agente.
   - Sólo viajamos -confesó ella-. Pero... envejeceremos y moriremos, como todos. Yo también.... - “y tal vez pronto“, pensó la joven, intentando disimular su tristeza.
   - ¿Volveremos a vernos?
   Amelia negó con un gesto:
   - Lo siento. Ya nos hemos saltado una prohibición para venir, y sólo porque necesitábamos asegurarnos de que “El Grito“ siga siendo de Munch, y no de Goya.
   - No se preocupe -replicó él con picardía-: ya ha cumplido su función. Pintaré otra cosa encima. Mientras tanto, aquí tiene su respuesta.
   Entregó a Amelia el sobre que había sacado de su escritorio un instante antes. Ella lo miró sin comprender.
   - ¿La respuesta a qué?
   - A lo que me ha preguntado antes -el pintor volvió a concentrarse en su trabajo-. La Verdad.


   * * * * * * * * * *

   Al regresar al Ministerio, encontraron a Julián esperándoles en la cafetería. Estaba escribiendo una carta.
   - ¿Creéis que Goya conseguirá dejar de pintar pesadillas? -les preguntó, con aire pensativo.
"La lechera de Burdeos".
Goya, 1827
   - Me pregunto si tú y yo conseguiremos olvidar las nuestras -confesó Amelia con tristeza-. Pero él, sí: acabará visitando a sus amigos exiliados en Burdeos, sobre todo a Moratín, y ya no querrá volver. Cuando sepa lo que es vivir sin esconderse, por fin encontrará la paz. Después de pintar tantos horrores, ¿quieres ver su último cuadro?
   - Oye, pues sí.
   Amelia le mostró un libro que acababa de sacar de la biblioteca. Lo había encontrado al reorganizar los que había utilizado Julián al inicio de la misión.
   - Mira esto -le enseñó la imagen, serena y luminosa, de una joven de expresión amable-: “La lechera de Burdeos“.
   - Se parece a lo que pintaba de joven, antes de los problemas - reflexionó Julián, recordando los primeros tapices-. Así que al final, lo superó. Quién sabe; si él pudo, tal vez nosotros también. Algún día.
   - Amelia, ¿qué es ese papel que te ha dado hoy? -recordó Alonso; le podía la curiosidad.
   Ella abrió el sobre y examinó el documento que acababa de salir del escritorio de la Quinta del Sordo: por el estilo de dibujo, debería pertenecer a “Los Desastres de la Guerra“. Pero la escena, desde luego, no se la esperaba.
   - La Verdad -recordó-. "Esto es lo verdadero".
   La imagen no representaba una pesadilla, ni un monstruo, ni una lucha. Sólo gente sencilla del campo, trabajando honradamente, en paz.
   
Nº82, "Esto es lo verdadero"
Goya, "Los Desastres de la Guerra"
   * * * * * * * * * *

   Julián todavía tenía la imagen en su retina cuando llegó a casa, acompañado por Alonso. A su antiguo hogar.
   - ¿Estás seguro? -le preguntó Entrerríos.
   El enfermero asintió y abrió la puerta. Se dirigió al tablero de la entrada, repleto de antiguas fotografías de su mujer, dolorosamente felices. En una de las instantáneas, Julián aparecía dos veces; una en primer plano, joven y alegre, con Maite. La otra, al fondo, sombrío y furtivo, casi veinte años mayor. El día de la puerta 58.
   - Esto es para ti -susurró dulcemente.
   Colgó una imagen más junto a las fotografías: “El sueño de la razón produce monstruos“. El regalo de Goya. La escena cada vez le parecía menos inquietante y más bella: un hombre soñando con mil imágenes. Mil ideas. No necesariamente malas.
   Y al dorso del dibujo, un buen deseo de un buen amigo:
   “Ella sí. Descansará en paz“.
  
   * * * * * * * * * *

   “Querido Federico,

   Gracias por tu carta. Me dio palabras, en un momento en el que realmente las necesitaba.
   Tenías razón, como siempre. Adivinaste algo terrible, algo que me tocaba muy de cerca, y que estuvo a punto de hacerme acabar mal.
   Sí, yo la amaba. Y es duro perder a alguien a quien amas. Se pierde la esperanza. Dan ganas de dejar la vida y no volver.
   Pero de alguna manera, estoy de vuelta. Ahora sé que tengo algo más: a los amigos, como tú. Eso es lo que importa.

   Un abrazo,

   Julián“

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